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Ortomanía

Los desaprovechados corchetes

Muy probablemente, solo recordarás los corchetes si has estudiado matemáticas. Aparecían en, por ejemplo, ecuaciones como esta: [x+(2b-17)]. Si no los conoces, son esas barras parecidas al paréntesis, pero más rectas. Es importante no confundirlas con las llaves: { }. Ahora bien, ¿para qué usamos los corchetes cuando escribimos?

En general, para introducir información que aclara lo escrito, de forma similar al paréntesis. Lo utilizamos: en poesía, para señalar que hemos cortado la extensión natural de un verso; para introducir una aclaración dentro de una oración con paréntesis: En 1942 escribió su mejor obra (y la que según el crítico Merillas [1988] es la más desconocida); y para señalar que, en una cita, hemos evitado copiar cierta expresión, palabra o párrafo: En un lugar de La Mancha [...], no ha mucho que vivía un hidalgo. Atención, no debemos usar el paréntesis y los puntos (...), tan extendidos, para evitar ambigüedades.

Hay un cuarto uso que nos gustaría destacar. A veces, en un texto transcrito, necesitamos intercalar aclaraciones, citas, fechas o cualquier otro dato. En este caso, debemos utilizar los corchetes para señalar que no forma parte de la cita, que no estaba en el texto original y eso no ha sido dicho por el autor. Por ejemplo: Sobre los olivos se posaba la materia aceitosa, sólida, [tachado en el original: provocada por el calor] hasta difuminar su contorno.

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Diéresis, esos puntos misteriosos

Argüelles, vergüenza, argüir, lingüística... Sí, todas estas palabras, y muchas otras, tienen esos exóticos puntos sobre la u. ¿Para qué sirven? No tienen una intención estética, aunque muchos lo crean, sino para marcar que esa u se pronuncia.
Todo viene de la variación que hay con la el sonido /g/ que escribimos ga, gue, gui, go o gu. Está variación en la grafía se debe a que hay palabras que se escriben con «ge» y «gi», pero se pronuncian como /j/ (Getafe, Giménez...) por razones etimológicas o de costumbre.
Para resumir, para el sonido /j/ tenemos dos grafías en el caso de se combinen con «e» o «i»: ge-je y gi-ji. Por eso, cuando escribimos una e o una i después de la grafía «gu», debemos especificar si la u se pronuncia o no. Si marcamos los dos puntos, significa que debemos hacerlo.
Por cierto, gracias a todos por visitar esta güé ;-)

Puntos suspensivos

Sobre los puntos suspensivos hay mucho que decir, pero en el terreno de la estética, no del ortográfico. Algunos los odian por esa imagen de algo inacabado, de pereza; otros, sin embargo, abusan de ellos hasta la extenuación. Lo cierto es que esto no es más que una cuestión de gusto y poco más hay que añadir.
Lo que sí hay que tener claro es que nunca, nunca, hemos de escribir más de tres puntos (...) y que corresponde en el habla con una caída del tono. Es frecuente encontrarse en correos o textos electrónicos ristras de ellos. Quizá se piense que el número es directamente proporcional a la emoción, la duda, el temor, los elementos de una enumeración o la importancia de lo que no se quiere decir —pues todos son empleos de los puntos suspensivos—, no lo sabemos; pero nada de esto se consigue, sino interrumpir la lectura: molestar.
Otro de los usos es para indicar la omisión de parte de un texto copiado literalmente. En ese caso irá entre corchetes para que quede claro su independencia del texto original: [...]. El paréntesis (...), mayoritariamente usado, es un signo tipográfico que se puede encontrar dentro del mismo texto y, por lo tanto, ambiguo. Con los ejemplos lo veremos más claro:
Así fue como Álvaro (que en todo ese tiempo no me hizo ni caso) decidió marcharse de casa [...] sin ninguna pena. Compárese con:
Así fue como Álvaro (que en todo ese tiempo no me hizo ni caso) decidió marcharse de casa (...) sin ninguna pena.
Conclusión: tres son multitud.

De la ortografía como arma

Me reincorporo al mundo laboral y virtual.
Leo con cierta voracidad morbosa, la discusión electrónica entre dos participantes de la lista «Apuntes». No viene al caso quiénes son, sino la reflexión de cómo sigue anclada en nosotros la idea de que la ortografía es un fin y no un medio; unas leyes de cumplimiento inexorable, fijo e indiscutible. A este año entrante hay que pedirle un poco más de escepticismo y capacidad para relativizar.
La ortografía es solo una herramienta que nos ayuda a reflejar más claramente lo que queremos trasmitir. Creo que no debe ser un potro de tortura ni una arma arrojadiza, porque ya se sabe que a estas «las carga el diablo» y cualquier día se pueden volver en contra de uno.
Feliz año a todos.

De las comillas

Aunque ya mencionábamos la influencia de la informática, no sólo a esta se debe la desaparición virtual de las comillas latinas. La comodidad en la escritura a mano es otro factor determinante, aunque siempre me queda la duda de si realmente es así o la costumbre nos lo hace parecer.
En cualquier caso, recordamos que basta con pulsar la tecla «alt» y los dígitos 174 o 175 para que aparezcan en nuestra pantalla. En el universo tipográfico conviven con otros dos tipos de comillas: las latinas ( " " ) y las simples ( ' ' ). Como dice la misma RAE, dado este guirigay es necesario establecer una jerarquía de uso. En este caso hay cierta unanimidad entre expertos y Academia: siempre se usará de forma preferente las latinas; si hubiera que hacer un entrecomillado dentro de otro, se utilizarán las inglesas y si aún fuera necesario uno más, las simples. Es decir (perdón por el improbable ejemplo):
Pedro me explicó «mi tío solía comentar "Felipe II dijo 'más vale honra sin barcos que barcos sin honra', pero yo digo que ni la honra ni los barcos valen más que una vida" y yo estoy de acuerdo».

En cuanto al uso, basándonos en Sousa (2003) diremos que usamos comillas cuando:
(a) encerramos citas en lo escrito,
(b) para poner de relieve una palabra o frase que se refiere a algo escrito o dicho textualmente (Me dijiste «ven aquí» y aquí estoy),
(c) para señalar los títulos de capítulos, artículos y demás partes de un libro periódico o revista (En «Principios generales» del Libro de estilo de Vocento, Sousa habla de esto) y
(d) los nombres o comentarios irónicos (Ya está el «listo» aconsejando a todo el mundo).
Evidentemente el mundo no va a cambiar porque utilicemos comillas latinas, pero tampoco hay razón para renunciar a ellas.

Sousa a la RAE

Está en los enlaces de este cuaderno como «el mejor» y a nuestro modo de ver lo es. Don José Martínez Sousa, «Pepiño», es una de las figuras más importantes —o la más— de la ortotipografía en español. Es la voz discordante y alternativa a la RAE, a la que no discute por esnobismo, sino por mero interés científico. Es, en definitiva, una voz imprescindible.
A pesar de esto —o precisamente por ello— no deja de ser curiosa la iniciativa de recoger firmas para conseguir su inclusión en la RAE a la que podría aportar mucho, sobre todo para limar sus contradicciones. Sin embargo, nos tememos que la voz de Don José se podría difuminar, y por tanto su labor, dentro de dicha institución. No obstante, está claro que urge algún reconocimiento institucional para quien tanto ha hecho y continúa haciendo por nuestro idioma.
Para los que quieran sumarse a la iniciativa (desde aquí ya lo hemos hecho): http://www.petitiononline.com/sousarae/

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La raya

La raya (—) comparte con el punto y coma (;) el dudoso honor de ser uno de los signos ortográficos más olvidados. Casi no aparecen en la escritura digital cotidiana. Esto se explica, a mi modo de ver, porque: (a) no aparece en el «primer nivel» del teclado, (b) se le confunde con el guión (-) que sí aparece y (c) porque no queda clara su función frente a otros signos.
Respecto al primer inconveniente, ya vimos que basta con escribir el número 1051 mientras mantenemos pulsada la tecla «alt». Las funciones más importantes de la raya son introducir las participaciones en un diálogo y «acotar oraciones incidentales» (Sousa, 2003). Ahora bien, en este último uso ¿qué criterio usamos para distinguirlo del paréntesis y las comas? En general podemos decir que la raya ocupa un lugar intermedio de acotación entre el menos fuerte, las comas, y el más abrupto, el paréntesis. Es decir, graficamente podíamos establecer la jerarquía de las acotaciones así: ,—()—, primero las comas, para las interrupciones menos marcadas; después la raya y, por último, el paréntesis para las más fuertes.
La condición previa —aceptar la tregua— no fue aceptada. Comparemos con La condición previa, aceptar la tregua, no fue aceptada o La condición previa (aceptar la tregua) no fue aceptada.
En cualquier caso, conviene no confundir la raya (—) con el guión (-) cuya función más conocida es la de separar las sílabas de una palabra al final de una línea en un párrafo.

Teclados sin acentos ni «ñ»

Uno de los problemas más frecuentes que nos encontramos al escribir electrónicamente es la imposibilidad de marcar los acentos gráficos y la «ñ» en algunos teclados. No tengo intención de entrar en las razones que provocan esta situación porque son muy extensas y la responsabilidad está en todos —desde los ciudadanos que compran un teclado en su idioma, hasta los gobiernos que adquieren miles de ordenadores para sus funcionarios con dicho incoveniente—. En cualquier caso, cuando se encuentre en un teclado con el mencionado problema, basta con que pulse la tecla «alt» y los números que le damos para que obtenga esa vocal acentuada o la «ñ» que necesita. Es ese momento habrá ganado una batalla por defender su identidad. Cada letra y cada signo representan una realidad que se pierde si no la utilizamos.

alt-164: ñ
alt-165: Ñ
alt-181: Á
alt-144: É
alt-214: Í
alt-224: Ó
alt-233: Ú
alt-160: á
alt-130: é
alt-161: í
alt-162: ó
alt-163: ú
alt-174: «
alt-175: »
alt-1051: —
alt-168: ¿

Copie, pegue, archive, reenvíe a quien le pueda interesar, haga un documento con esta lista o, lo mejor, úsela.

Bienvenido a Ortomanía

Bienvenido a Ortomanía

Ortografía... Un saber inútil ¿o no?
En estas líneas, reflexionaré brevemente sobre ortotipografía. En realidad, busco un poco de confrontación y diversión.

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La ortografía no muerde

El «fascismo del lenguaje» nos obliga a ordenar linealmente nuestro pensamiento al enunciarlo. Lo que dentro de nuestra cabeza es una red llena de enlaces, se convierte en una sucesión de sonidos, gestos y silencios llenos de implicaturas. Ahora bien, si esta sucesión tiene interferencias, no somos capaces de interpretar el mensaje.
En el lenguaje escrito —aunque tiene características muy diferentes—, sucede lo mismo: si no somos capaces de representar con propiedad todos los sonidos, gestos y silencios, no seremos capaces de comunicarnos con efectividad.
Pero en realidad esto no es lo más importante. La ortografía es una cuestión de lógica, de sensatez, que refleja la claridad mental del que escribe.
Hoy, cuando el lenguaje escrito vive un renacimiento debido a las nuevas tecnologías, debemos conocer las herramientas que nos permiten llegar con exactitud a todos los que nos leen.

De acentos y tildes

El problema básico —o uno de ellos— que encuentra cualquier usuario del idioma escrito en español es «¿Cuándo acentuar?». Durante años nos han explicado aquellas tres reglas básicas, aliñadas con el lío que suponía entender los hiatos y los diptongos.
En la enseñanza de español a extranjeros, donde la formalidad debe ir pareja a la economía de las explicaciones, usamos una regla fácil y sencilla que resume las susodichas.
«En español las palabras terminadas en vocal, "n" o "s", tienden a ser llanas. El resto tienden a ser agudas. Solo llevan acento gráfico o tilde las que violan la regla general.»
En esta regla se condensa todo nuestro sistema de acentuación y señalización gráfica. Permite, además, que cualquier recién llegado a nuestro idioma sepa leer las palabras con el acento correcto, siempre que estén correctamente escritas, por supuesto.
Pensemos en palabras como «hospital», que muchos extranjeros pronuncian «hóspital»; si aplican la regla anterior podrán conocer, sin dudarlo un instante, como se pronuncia: «hospitál». Hagan la prueba como usuarios del idioma y no habrá tilde que se les resista.

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